

Primero conviene definir qué es un pigmento. Según la definición del diccionario, se trata “de una sustancia, generalmente en polvo fino, insoluble en los medios de suspensión habituales, utilizada en pintura por sus propiedades ópticas, protectoras o decorativas”.
Cuando hablamos de pigmentos naturales en pintura, nos referimos a pigmentos que no proceden de la industria petroquímica. Así, los ocres, las arcillas y otros minerales entran en esta categoría. Sin embargo, los que nos interesan aquí son los pigmentos orgánicos naturales derivados de fuentes vegetales, animales o de insectos.
Para obtener estos pigmentos naturales, es necesaria una transformación química. La razón es sencilla: las plantas contienen colorantes solubles, que no se comportan como pigmentos. Un pigmento debe ser insoluble en el medio en el que se utiliza. Para transformar un colorante vegetal en un pigmento utilizable, hay que fijar el colorante sobre un soporte mineral para volverlo insoluble. A esto se le llama crear un pigmento lacado.
Los pigmentos de laca, a veces llamados pigmentos lacados, designan originalmente pigmentos orgánicos obtenidos mediante la precipitación de un colorante de origen vegetal o animal sobre un soporte insoluble, generalmente mineral. Hoy en día, esta denominación se extiende también a pigmentos de laca elaborados a partir de colorantes sintéticos. Esta precipitación se realiza habitualmente en presencia de una sal metálica que actúa como mordiente, como el alumbre (sulfato doble de aluminio y potasio). El término «laca» procede del italiano lacca, derivado del latín lacca, que designa una resina natural (goma laca) y, por extensión, determinadas sustancias colorantes.
Los pigmentos de laca están entre los pigmentos orgánicos más antiguos conocidos . Desde hace varios siglos, los tintes naturales se han precipitado sobre sustratos minerales para crear pigmentos más estables y adecuados para la pintura. Esta técnica ha mejorado la durabilidad y la intensidad de los colores.
Sin embargo, estos pigmentos suelen tener mala reputación. Aunque ofrecen colores brillantes y transparentes, algunos de ellos son conocidos por su transitoriedad, es decir, su tendencia a desvanecerse bajo el efecto de la luz. Los pintores de la antigüedad eran conscientes de este problema, pero usaban estos pigmentos para revivir colores minerales más apagados pero permanentes. Entendían que, aunque el color de los pigmentos de laca podía desaparecer con el tiempo, el color mineral permanecía inalterable.
El interés por los pigmentos de laca puede parecer limitado debido a su posible inestabilidad, pero es importante matizar este punto. De hecho, muchos pigmentos de laca tienen una resistencia muy honorable al paso del tiempo. Ejemplos notables incluyen los extraídos de índigo, rubia, kermes, cochinilla, gualda, glasto, cártamo, salado, escoba, castaño, roble y nogal. Estos pigmentos han demostrado su utilidad y durabilidad en muchas aplicaciones artísticas e históricas.


Los colorantes utilizados para fabricar pigmentos lacados proceden principalmente de plantas, árboles, raíces o insectos. Algunos vegetales concentran sus colorantes en las hojas, mientras que en otros se encuentran en mayor cantidad en las raíces. Por eso es necesario hacer una investigación previa para identificar qué parte de cada fuente contiene la mayor concentración de pigmentos.









Al menos 2 L



Para preservar pigmentos



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Por lo general, uso alrededor de un 10% de alumbre y un 3% de carbonato de calcio (o de sodio) en relación con el volumen total de zumo. Este volumen incluye el zumo reservado (Parte 2 – Paso 1), así como el agua utilizada para disolver el alumbre, teniendo en cuenta que parte de esa agua se evapora durante el calentamiento (Parte 2 – Paso 2).
Para entenderlo mejor, en el caso concreto de esta receta, cuento los 900 mL de zumo reservado, a los que añado los 200 mL de agua destinados a disolver el alumbre. Teniendo en cuenta que parte de esa agua se va a evaporar durante el calentamiento (calculo aproximadamente la mitad, es decir, 100 mL), me quedan entonces unos 1.000 mL de zumo, es decir, 1 L.
10% de alumbre para 1 L = 100 g, y 3% de carbonato (calcio o sodio) para 1 L = 30 g.
Estas proporciones se dan únicamente a modo orientativo. No existe una cantidad exacta, ya que depende de varios factores: la concentración de tintes presentes en la solución, el tono que se desea obtener, el grado de opacidad buscado y la naturaleza específica de cada planta, que reacciona de manera diferente. Sí, lo repito, pero prefiero insistir en que no existe un método universal para extraer pigmentos.
Aun así, es recomendable limitar la adición de alumbre al 20%, porque más allá de eso, es poco probable que notes una diferencia real de color.
En cuanto al blanco de Meudon, te recomiendo que tengas cuidado: en demasiada cantidad, tus pigmentos serán más opacos, pero tendrán un aspecto más pastel; en poca cantidad, serán más vivos de color, pero también más transparentes.
En cualquier caso, te aconsejo empezar con una pequeña cantidad e ir ajustando poco a poco si el tono en el tarro no te convence.
Un buen indicador que he observado para conocer el color final de tus pigmentos es fijarte en el color de la espuma que se forma durante la reacción. En la mayoría de los casos (no en todos, por desgracia), se acerca al tono final de tus pigmentos.
Para comprobar si la reacción ha terminado, basta con medir el pH de la solución, que debe ser neutro (pH 7).
En el caso de los vegetales, no todos los colorantes se obtienen de las mismas partes de la planta, por lo que es necesario saber qué partes contienen la mayor concentración de materia colorante.
Puedes visitar la página “Repertorio de plantas tintóreas”, en la que he catalogado una parte de las plantas tintóreas, así como las partes que contienen sus colorantes.
Me resulta difícil indicar cantidades exactas, porque depende mucho de cada especie. ¡Mejor poner un poco de más que quedarse corto!
Siempre es preferible usar agua destilada.


Una vez que el tinte esté obtenido, coláralo con un filtro de tela (o un paño limpio) vertiéndolo en un tarro grande nuevo.
El jugo debe estar perfectamente filtrado y contener solo líquido, sin ningún residuo sólido. Si es necesario, no dudes en filtrarlo varias veces.













